lunes, 20 de abril de 2015

(16) De Cahors a Escayrac para abrir boca (27,7 kms)

Citados estábamos en el aeropuerto de Oporto para tomar el vuelo de primera hora de la tarde hasta Toulouse. Tres coches y doce personas, la expedición del 2015 al Camino Podiense. Todos puntuales y una de esas coincidencias que suceden a los que no les toca la lotería: viajamos por separado y sin quedar a una hora concreta, pero en la puerta del párking del aeropuerto coincidimos los tres coches como si estuviéramos en un desfile. Uno tras otro esperando que se abriera la barrera. Lo nunca visto. El caso es que sigue habiendo algo mágico en esto de que, año tras año, este grupo (con sus incorporaciones y deserciones puntuales pero justificadas) siga juntándose para viajar, caminar y disfrutar de unos días de convivencia.Por eso aquí se nos ve tan felices en el aeropuerto Sa Carneiro.
Después, viaje sin incidencias en avión, escasamente una hora y cuarto para atravesar la península ibérica y aposentarnos en los midi Pirineos. Sólo un bajón del avión en una turbulencia que nos encogió el corazón a todos, pero pasó y punto. De inmediato, recogimos el coche de alquiler (un WW Touran) en Toulouse y, junto con un taxi, salimos todos hacia Cahors. Para no experimentar optamos por alojarnos en el mismo hotel, le Valentré, de la etapa final de hace dos años  y por el mismo restaurante de entonces, Le Palais, que nos había dejado buen sabor de boca.

De nuevo cenamos estupendamente, como se puede comprobar por la cara de satisfacción de los comensales.

Dimos un agradable paseo por esta villa histórica.


Cahors tiene mucha historia, pero su monumento principal es el puente de Valentré  .

Domingo night, no había un alma por la calle.

A la mañana siguiente, a las 9, en el mentado puente, la expedición andante (no siempre fuimos los doce y hubo también recorridos parciales) estaba lista. Por delante, 26 kilómetros oficiales, aunque nuestro control descubrió que casi todas las etapas tenían unos kilometritos a mayores. En este caso fueron 27.

Para acceder al puente, hay que sortear la vía del tren por un paso subterráneo.
Al comenzar una pendiente pronunciada, Cahors iba quedando atrás.
La salida de esta ciudad (la más grande del camino entre Le Puy y Saint Jean) se realiza por una pendiente, la ladera de un monte, que fue de las más empinadas de la semana. 

Desde arriba se disfruta una magnífica vista de la villa y del puente. Cahors es una península a la que rodea el río Lot, por lo que tiene varios puentes para coches y peatones además de otro para el ferrocarril.

La etapa discurrió por paisajes agradables, bosquecitos en ocasiones y muchos campos de labor, cultivados primorosamente y en estado de revista en esta época del año. Fueron muy similares toda la semana.


Al mediodía (hora francesa) hicimos un alto para el tentempié en la fonda para caminantes de un pueblecito.

Aquí se produjo una primera deserción del grupo, ya que hubo quien decidió proteger sus articulaciones admitiendo que para el primer día, los primeros once kilómetros de subidas y bajadas ya era suficiente.
Manolo y Marién, junto con Paco, trasladaban mientras tanto los bultos en el coche y se ocupaban de dar soporte logístico a la expedición: un lujo para todos.
Y luego, vuelta al camino, a esta enchenta de paisajes, olores y visiones campestres.

Un desconecte total.

Se hizo un pequeño alto en Lascabannes para acometer los últimos kilómetros hasta Escayrac.


A media tarde estábamos ya todos en Le Clos de Gamel, una antigua granja situada cuatro kilómetros después de la localidad de Lascabannes reconvertida en albergue-hotelito rural.
Allí estaban esperándonos Paco y Marién, que habían llegado por carretera.

Un sitio muy agradable con varias dependencias por las que nos repartimos, pues éramos los únicos huéspedes. Sus propietarios, David y Kristelle, que la adquirieron unos años antes, nos trataron muy bien y suyos son el gato y un perro. 

Y el precio, con media pensión, más que razonable, 40 euros por persona. 

Así fueron casi todos, pensamos que más baratos que lo habitual en las casas rurales de España.Esta era una de las casitas.


La coña del día fue la cabañita: en la web parecía la mejor habitación y la sorteamos con pompa y boato la noche anterior, todos deseándola.
La realidad fue un poco menos atractiva de lo esperado, pero la pareja a la que le tocó (que no se identifica... pues las cosas del camino se quedan en el camino) aceptó el cachondeo de buen grado. 

Y dicen que durmieron en lo alto del árbol a pierna suelta, como Tarzán y Jane (pero sin Chita) en sus buenos tiempos....

Antes pasamos una tarde relajada y descansada, dando una vuelta por los alrededores y disfrutando del aperitivo con que nos agasajaron. 

 La cena estuvo bien: quiche de puerros con ensalada, salchicha de Toulouse con gratén de patatas , quesos varios y un postre dulce que dijeron era típico de Burdeos (estilo flan).
 
Y a dormir, en total tranquilidad después de probar unos licores caseros de los propietarios. Despertar en un sitio así a la mañana siguiente fue, sin duda, una experiencia relajante.




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